Este Inmenso Mundo

Este Inmenso Mundo

Author:Sinclair Lewis
Language: es
Format: mobi
Published: 2010-07-25T22:00:00+00:00


11

A principios de marzo, llegó la primavera, con los almendros, cerezos y ciruelos. Olivia y Hayden paseaban mucho por Florencia. La Colonia Americana vio en ellos, con gran satisfacción, señales inequívocas de ser reclutas potenciales para el matrimonio y para la Colonia.

Sir Henry Belfont, a quien Hayden había conocido muy por encima en varios tés, le envió una nota protocolaria informándole con un estilo casi oficial que Sir Henry tenía un sobrino que trabajaba en la Shell Oil, el cual, hacía unos años, había conocido a Hayden en Londres. El baronet se dignaba ordenar a Hayden que fuera a almorzar con ellos y le rogaba que no tuviera inconveniente en llevar con él alguna señorita conocida suya.

Hayden llevó a Olivia en el topolino.

Este detalle disgustó al mayordomo escocés, que prefería el Rolls-Royce.

Sir Henry les hizo recorrer su mansión. Como a disgusto, como si diera por cierto que ninguno de los dos iba a apreciar sus tesoros artísticos, les enseñó los cuadros. Villa Sátiro había sido construida, como casa señorial fortificada, en 1301. En la huerta había unos limoneros enanos que contaban trescientos años de edad. Y en aquel mismo sitio había dormido Dante.

La habitación más bella — había sido el dormitorio de una gran duquesa —era el despacho de Sir Henry. Las paredes estaban recubiertas con librerías de roble inglés y encerraban una gran riqueza de infolios y misales iluminados. En el techo se desplegaba una fantasía de pequeñas ninfas haciéndoles señas a unos sátiros que no parecían muy morales y debajo de aquella burlesca orgía se asentaba sólidamente una mesa de roble que había pertenecido a Guillermo de Orange. Allí escribía Sir Henry sus cartas. En cambio, el sillón donde solía sentarse a escribirlas, nada tenía de histórico. Para más comodidad le habían puesto un cojín dé goma esponjosa, ya que la elevación de aquel noble trasero era imponente y no le convenía la dureza del roble.

Era un hombre alto y corpulento y cuando le rodeaban las mujeres que le admiraban — o que, por lo menos, le escuchaban — se plantaba muy estirado y con su voluminosa cabeza levemente inclinada a un lado, con una sonrisa fija y algo tonta como si se avergonzara de su enorme humanidad. Con su chaqueta negra — «ningún caballero es capaz de darse en espectáculo con camisas de color, cuellos blandos y chaquetas claras» — el parecido de Sir Henry con el Peñón de Gibraltar sería sorprendente si no lo estropeasen sus enmarañadas cejas.

Estas cejas formaban un extraño triángulo como las melenas de los cachorros de león. Llevaba también bigote y una barbita muy bien cortada, pero ambos adornos capilares parecían una prolongación de las cejas. A veces jugueteaba con un monóculo que se le perdía debajo de una ceja y le daba un aire cómico inconciliable con el orgullo que le producía su propia nobleza, que, según él mismo afirmaba, era la más puramente representativa de lo mejor de Inglaterra.

Pero su esposa era norteamericana.

Pero su esposa era rica.

Participaban en el almuerzo



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